Bosques. Una familia restaura bosque nativo en el Gran Chaco y las yungas hace casi 30 años

El proyecto Seamos Bosques plantó más de 640.000 árboles nativos en Formosa y recuperó hábitat de fauna en Tucumán.

Manos plantando un árbol nativo (imagen ilustrativa genérica, no del proyecto Seamos Bosques). Foto: Desanges Bahindwa / Pexels.

Bosques. Una familia restaura bosque nativo en el Gran Chaco y las yungas desde hace casi 30 años

El proyecto Seamos Bosques, de la familia Bellsolá Ferrer, plantó más de 640.000 árboles nativos en Formosa y recuperó hábitat para ocelotes, osos meleros y cóndores en Tucumán.

A fines de los años 90, Jorge Horacio Bellsolá Ferrer empezó a restaurar bosque nativo en La Florencia, un campo de 60.000 hectáreas en el Gran Chaco formoseño. Casi tres décadas después, el proyecto sigue en marcha de la mano de la segunda generación de la familia: su hija Paula lidera Seamos Bosques, una empresa de “triple impacto” dedicada a la restauración y conservación de bosque nativo, mientras que su hermano Jorge María llevó la experiencia a Estancias El Nío, en Burruyacú, Tucumán, un campo de 5.650 hectáreas de yungas tucumanas.

Entre 1998 y 2010, el programa de Formosa plantó más de 640.000 ejemplares nativos y restauró más de 1.000 hectáreas, con beneficios directos para más de 120 familias wichí de la zona. En Estancias El Nío, donde algunos sectores llevan entre cinco y diez años de recuperación, el monitoreo con cámaras trampa registró más de 190 especies de aves y al menos 17 de mamíferos, entre ellos ocelotes, pecaríes de collar, osos meleros, pumas, lobitos de río y cóndores andinos, en más de 2.000 noches de relevamiento en más de 50 sitios.

El proyecto se sostiene con el aporte de empresas que financian semillas, vivero, plantación y monitoreo a cambio de informes de impacto, y trabaja en conjunto con las universidades nacionales de Tucumán, Córdoba y Buenos Aires, además de organismos vinculados al Conicet. También incluye a escuelas y a la comunidad del paraje El Cajón, en Tucumán, en las tareas de campo y de seguimiento.

“No llegamos, plantamos y nos vamos”, resume Paula Bellsolá Ferrer sobre la lógica de largo plazo del proyecto, que combina especies de gran porte como el cedro con el sotobosque nativo de cada región. “Creemos profundamente que para valorar la naturaleza primero hay que conocerla”, agrega, y sintetiza la idea que atraviesa casi treinta años de trabajo familiar: “un bosque es una red de vida de la cual también nosotros formamos parte”.